
Usain Bolt regresó al futuro en Berlín, escenario de un récord abrumador (9.58 segundos), pero previsto. Así son las cosas con un atleta que ha convertido la prueba de 100 metros en una saga cercana a la ciencia ficción. Se impone la realidad de sus marcas porque Bolt vive aquí y ahora, porque es contemporáneo de Tyson Gay y porque corre en la misma pista que ellos. Pero sus marcas se escapan a la imaginación. Hace dos años era un proyecto de gran especialista en los 200 metros, quizá un campeón de 400. No se le conocía marca alguna en los 100 y era difícil confiar en un muchacho de casi dos metros. Parecía que la carrera conspiraba contra su naturaleza. Ahora se justifican los memorables récords de Bolt por su naturaleza privilegiada. Se trata del típico caso donde el hombre rompe todos los esquemas y define una nueva época.
El veterano Dwain Chambers, primer actor de los 100 metros desde los Mundiales de 1999, definió perfectamente lo que sucedió en Berlín. "¿Bolt? Se fue de mi vista y luego desapareció", declaró en la congestionada zona de entrevistas. Todo el mundo quería una explicación, algo que ayudara a comprender el tamaño de la proeza. No había mucho que decir. Se fue y desapareció, así de simple.
La carrera no tuvo el contenido de su actuación en Pekín, donde inmediatamente se especuló sobre su margen de mejora. Esta vez no bajó los brazos, ni saludó, ni sonrió. Hizo un trabajo extremadamente profesional. Salió bien, corrió perfectamente, se destacó y no permitió ninguna maniobra de Tyson Gay. El atleta estadounidense ofreció su mejor versión, la de un velocista admirable, capaz de exprimirse en las circunstancias que todos detestan. Gay logró el récord estadounidense más anónimo de la historia. Fue segundo con 9.71, una marca que hace poco más un año habría sido récord del mundo. Ahora es un registro inapreciable, una anécdota a pie de página. Nada. Así de injusto resulta coincidir con un marciano.
Toda la trayectoria de Bolt en los 100 metros se resume en dos temporadas, las que le han permitido progresar casi medio segundo. Este salto descomunal no tiene precedentes en el atletismo. Medio segundo es medio siglo en las pruebas cortas. En 2007 corrió por primera vez los 100 metros, una prometedora presentación (10.03) que pasó inadvertida. Aunque la fama de Bolt le venía desde su etapa juvenil, cuando lograba registros de adulto, nadie se fijó en sus posibilidades.
Su entrenador, Glenn Mills, le permitió la incursión por razones circunstanciales. Quería afinarle para los 200 metros, su prueba natural. El experimento se le fue de las manos. En mayo del pasado año, en su tercera competición en los 100 metros, Usain Bolt batió el récord del mundo: 9.72 segundos, dos centésimas mejor que la marca establecida por su compatriota Asafa Powell. El récord tuvo un doble valor añadido. Lo hizo en Nueva York, con la agitación mediática que eso supone, y frente a Tyson Gay, la estrella del momento. Bolt había entrado en la distancia para conquistarla, no como instrumento para preparar los 200. Parece que ha pasado un milenio desde entonces. Con Usain Bolt se produce esa paradoja. En una prueba caracterizada por la erosión transcurrieron 39 años para bajar las 21 centésimas que separaban a Jim Hines, 9.95 segundos en 1968, de Asafa Powell, 9.74 en 2007, Usain Bolt prefiere dar bocados. Sus trallazos sacuden la velocidad como jamás se ha visto. Tres centésimas en Pekín, con los flaps bajados. Y ahora, 11 centésimas. Sus marcas anteriores se hacen viejas al instante, su progresión no es humana. Bolt
nos traslada a otra época.
Toda la jornada derivó en una larga espera de la final. No había otra cosa en el horizonte. Bolt lo tapa todo. La semifinal fue un aperitivo con los mismos ingredientes de costumbre. Bolt jugó, se divirtió, irritó a los más solemnes y ganó. Su aproximación a la prueba contrastó con la puesta en escena de Tyson Gay, un atleta minucioso, detallista, de una seriedad imponente. Está en las antípodas del astro jamaicano. También en su estilo. Pequeño, compacto, agresivo, decididamente estadounidense, Gay intentó el milagro en la final, pero Bolt no le concedió ninguna oportunidad. No cometió ningún error. Su velocidad de reacción (0.146 segundos) fue mejor de lo habitual. Los dos primeros pasos largos y fluidos. La aceleración instantánea. Sólo le resistió Daniel Bailey, pero su réplica fue un espejismo. Bolt surgió incontenible y nunca miró atrás. Su zancada nunca transmitió un signo de crispación. Detrás, Tyson Gay se peleaba con todo: con la pista, con los rivales, con la lesión de pubis que le amarga desde hace meses. En condiciones normales habría arrasado. En la inusual condición que supone enfrentarse a Bolt, Ty Gay estaba condenado a una derrota segura.
Así fue. Quienes esperaban alguna señal de duda, no la encontraron. A Usain Bolt no le afecta nada. Ni Tyson Gay, ni nadie. Se fue y desapareció, como dijo Dwain Chambers. Sólo a última hora dio alguna señal de relajación: miró a la derecha y luego a su izquierda, donde figuraba el marcador digital. Allí estaba registrado su récord: 9.58 segundos. Atrás quedaba Pekín. Ahora es Berlín, donde Bolt ha regresado al futuro. Pero lo más asombroso es que la saga continuará. De eso no hay duda.
lunes, 17 de agosto de 2009
Hasta el infinito y más allá: 9,58
El mayor mordisco de la historia

Los récords de 100 metros gotean con regularidad y escaso avance. De esa pasta está hecha una prueba que mide con nitidez los límites del hombre. Desde la antigüedad el hombre se ha preguntado por su capacidad para progresar frente al tiempo. Por eso la prueba de 100 metros es la más natural y humana. Sale del alma. Esta aventura comenzó a plasmarse con precisión en el siglo XX. El avance del hombre fue compañero del avance de las máquinas, de los instrumentos capaces de medir los pequeños progresos de los atletas más veloces del mundo. Primero se midieron los segundos, luego se obtuvieron las décimas y ahora las centésimas. Necesitamos saber dónde llegará el hombre en su lucha contra el tiempo.
Los récords medidos manualmente avanzaron décima a décima hasta detenerse en los 10 segundos. El primero que logró esa marca fue el alemán Harmin Hary en 1960. Probablemente su registro real estaría alrededor de 10.25 segundos. Los jueces no se atrevían a validar una marca por debajo de los 10 segundos. Varios atletas registraron ese tiempo: el canadiense Harry Jerome, el cubano Figuerola y el estadounidense Bob Hayes, entre otros. De todos ellos el más impresionante fue Hayes. Una medición eléctrica posterior a la final de los Juegos de Tokio 64 evidenció un tiempo sensacional: 10.04 segundos. Esa marca tuvo un mérito extraordinario
porque Hayes la realizó en la primera calle, en una pista de ceniza triturada por los finalistas de 10.000 metros.
En los trials estadounidenses de 1968, en el lago Tahoe (Nevada), a más de 1.500 metros de altura, Jim Hines, Charlie Greene y Ronnie Ray Smith corrieron la prueba en 9,9 segundos, pero con un cronometraje manual. El primer hombre que oficialmente bajó de los 10 segundos fue Hines, vencedor en los Juegos de México 68 con 9.95 segundos. El récord perduraría hasta 1983. Lo batió Calvin Smith (9.93).
Sólo se ha producido un caso similar al de Bolt, que ha bajado 11 centésimas al récord mundial anterior (9.58/9.69). El canadiense Ben Johnson destrozó la marca de Calvin Smith en los Mundiales de Roma 87. Venció con 9.83 segundos, una décima menos que el primado anterior. Esa clase de mordisco provocó el asombro entre los aficionados al atletismo. Un año después, en Seúl 88, Johnson dejó el récord en 9.79. La segunda mejor marca era de Carl Lewis, segundo en aquella final con 9.92.
Ojalá no se repita aquella historia. Johnson dio positivo y sus récords, tanto el de Séul como el de Roma donde no hubo trazas de dopaje, fueron anulados. Se instaló el 9.92 de Carl Lewis como nueva mejor marca. La erosión desde entonces fue lenta. Leroy Burrell corrió en 9,90 y Lewis retomó el récord en los Mundiales de Tokio 91, con 9,86. Cinco años después, en los Juegos de Atlanta, el canadiense Donovan Bailey de origen jamaicano como Ben Johnson sorprendió al mundo con una nueva plusmarca: 9.84 segundos. Su progresión recuerda un poco a la de Bolt. Un par de años antes no había sido capaz de bajar de 10.30 segundos.
La frontera de 9.80
El recorte más importante lo hizo Maurice Greene, el primer hombre que tumbó la frontera de 9.80. Su récord del mundo, 9.79 segundos, rebajó en cinco centésimas la marca de Bailey. Desde entonces, el goteo lo interpretó Asafa Powell mejor que nadie: centésimas a centésima terminó por lograr un tiempo de 9.74 a finales de 2007, tras uno de sus acostumbrados fracasos en los Mundiales y Juegos Olímpicos. Así discurría la historia, una lenta erosión que terminó con la aparición de un rayo: Usain Bolt. En mayo de 2007, 9.72. En agosto, 9.69. Ayer, 9.58. Nada menos que 11 centésimas, casi una aberración para una prueba que se mueve en márgenes mínimos.