jueves, 29 de noviembre de 2012

Una adhesión imposible

Piperos es el término despectivo que los ultras del Real Madrid destinan a lo que se conoce como mayoría silenciosa del estadio. Silenciosa porque, según los agitadores, son gente que dedica su tiempo a pelar y comer pipas. Estos habitantes del fondo sur han interiorizado que los únicos madridistas son ellos, o aquellos que se acomodan a sus planes, que no se distinguen por su coherencia. En ocasiones, los ultras del Madrid han dejado vacío o semivacío el sector que el club les ha concedido en el estadio, o han llamado mercenarios a los jugadores, o han cargado contra el equipo en las situaciones más difíciles. Generalmente no se han distinguido como irredentos colaboradores del equipo. Cuando las cosas han ido mal, el Madrid rara vez han encontrado el apoyo del fondo. Más bien al contrario.

Los ultras tienen una visión muy sectaria de la vida y el fútbol. En el Madrid, y en la mayoría de los clubes, han traficado su apoyo según su conveniencia: a veces el negocio, otras por medio de privilegios que el resto de socios no reciben, en ocasiones por la obtención de cuotas de poder bajo amenazas. Como en todo el fenómeno ultra en el fútbol mundial, el grado de adhesión depende en gran medida de las prebendas que se obtienen. Es cierto que los ultras han perdido poder y visibilidad social en el actual Real Madrid. Hubo un tiempo en el que sus cabecillas se movían por los despachos del Bernabéu como si el club les perteneciera. De ese tiempo quedan recuerdos atroces, como la soga que ahorcó a un muñeco que representaba al periodista José María García. Un cable de hierro cruzó de parte a parte la anchura del campo, frente a 100.000 espectadores que asistieron a aquella terrible y simbólica ejecución pública, uno de los actos más despreciables que ha visto el fútbol español. Por supuesto, el club colaboró. Cuando menos miró hacia otra parte, que es una manera igual de indigna de colaboración.

Así eran las cosas antes, cuando los dirigentes del club se sometían a la presión del fondo sur y a la vez pretendían beneficiarse del amparo de los violentos. La realidad es que los ultras jamás han favorecido ni la buena gestión, ni la buena conducta de un club. En el último decenio, la situación ha cambiado, especialmente en los primeros momentos de la presidencia de Florentino Pérez. Los ultras fueron confinados a un sector fetén del estadio, pero su perniciosa influencia decayó notablemente. Eso no significa que todavía se consideran la vanguardia o fuerza de choque del madridismo.

Alineados como una falange
Los ultras se han alineado con Mourinho como una falange. El martes corearon su nombre y recibieron los silbidos del heterogéneo conjunto que representa el resto del Santiago Bernabéu, que bien podría considerarse como el grupo de los piperos, tan denostados en el sector inferior del fondo sur. El asunto pasó a mayores cuando los ultras comenzaron a tachar de antimadridistas a quienes les silbaban. El último cuarto de hora del partido se gastó en reproches. La escena hizo evidente la diversidad de opiniones que hay en el Bernabéu, y quizá la división en el seno del madridismo.

La mayoría silenciosa, pero siempre activa en el Madrid, ha sido objeto de algunos alfilerazos de Mourinho, que no ha dudado en calificar de madridistas a quienes le apoyan y de pseudomadridistas a los que no le rinden tributo. En algún caso ha festejado a las hinchadas rivales, como sucedió el sábado en Heliópolis, y en otros ha admitido con fastidio que cada club es producto de una cultura y que eso no hay quien lo cambie. Ni él.

Esos llamados piperos no detestan, ni tan siquiera son especialmente críticos con Mourinho, y en muchos casos le apoyan, o le han apoyado. A diferencia de los ultras, el sector más amplio del Bernabéu no es sectario. Hay cosas que le gustan y otras no. Y lo expresa cuando quiere, sin atenerse a ninguna consigna, porque si algo caracteriza a los piperos es su diversidad. Ni participan en campañas, ni responden a intereses confesables o inconfesables, ni se distinguen por su obstinación. Probablemente muchos de los que silbaban cuando los ultras coreaban el nombre de Mourinho sienten aprecio por el entrenador portugués. Pero no le dan carta blanca.

El Bernabéu es uno de los estadios más exigentes del mundo. No es un público fácil para el Madrid, pero esa misma exigencia ha producido en el equipo una fiebre competitiva sin paralelo en el mundo del fútbol. Es el resultado de décadas de relación con el equipo, con una demanda de esfuerzo y brillantez que en ocasiones genera un entusiasmo sin límites, en otras un silencio nervioso y la durísima crítica algunas veces. Sin esa afición es muy probable que el Madrid no sería lo que es: el club con más títulos y el equipo más examinado del mundo.

Lo que sucedió frente al Alcoyano es el producto de dos miradas del fútbol: la fanática de los ultras y la gradual de la mayoría de los aficionados, que distinguen muy bien entre su adhesión al Real Madrid y la falta de criterio. Al fondo se observa la figura de Mourinho, un hombre divisorio por naturaleza. No hace mucho, durante el verano, declaró que ya no es thespecial one -el especial-, sino the only one, el único, un ataque de narcisismo que revela el carácter que demanda la máxima admiración. Cuando no la encuentra a su alrededor, prefiere el máximo rechazo a la indiferencia. Sabe muy bien que los extremos se tocan y se retroalimentan.

Relación nada apasionada
Lo más curioso es que la relación del Bernabéu con Mourinho no es apasionada, excepto por el lado ultra. Tampoco es indiferente, pero esencialmente no se distingue de la que han mantenido los aficionados con los entrenadores anteriores. El público del Bernabéu no considera a Mourinho ni el special one, ni el only one. En el mejor de los casos ha considerado que se trata del excelente gestor de una plantilla que es una selección mundial. Con ese equipazo y con esa gestión, ha ganado una Liga y una Copa. Es cierto que lo ha conseguido en una época excepcional del Barça, pero ni es el primero, ni será el último entrenador del Madrid que lo consiga. Hasta ahora, el Bernabéu observa pero no se siente impresionado por el palmarés de Mourinho con el equipo.

El público también ha apreciado algunos magníficos momentos del equipo. La segunda vuelta de la temporada anterior, por ejemplo, pero esa mayoría de piperos no siempre traga con el juego. Y menos aún esta temporada. El Madrid ha dado algunos motivos para la queja y las ha escuchado, como toda la vida, con Mourinho y sin él. Debe resultar difícil de digerir esta relación nada extremista para un hombre con un ego tan gigantesco. En realidad, las dos partes -Mourinho y el público del Bernabéu- han sido fieles a su perfil, aunque para el técnico suponga una sorpresa mayúscula.

Por primera vez desde que triunfó en el Oporto, no ha logrado la adhesión unánime que requiere su peculiar carácter. Ni lo ha logrado, ni lo logrará. Eso no significa que el Bernabéu no le celebre cuando sus decisiones sean del gusto del personal. Pero de la misma manera que nadie va a cambiar su personalidad, tampoco Mourinho va a modificar el carácter del Bernabéu, donde la gente no traga fácilmente. Si hay que aplaudir se aplaude. Si hay que silbar, se silba. Si hay que manifestar la fatiga, se manifiesta. Si hay que oponerse a los ultras, pues eso. Así ha sido y así será siempre el Bernabéu: antes, durante y después de Mourinho, aunque el técnico no lo entienda.

sábado, 7 de enero de 2012

Baila el '2' del Madrid

Mourinho dio ayer la lista de jugadores convocados para enfrentarse al Granada. Aparentemente, sin grandes novedades. Dispone de muchos y excelentes futbolistas. Puede permitirse pequeñas rotaciones, porque el técnico portugués no es partidario de cambios masivos. Y probablemente hace bien. Sin embargo, la lista ofrece un indicio interesante: bailan los titulares en el lateral derecho. Los dos últimos -Coentrao y Arbeloa- no figuran en la convocatoria. Por razones técnicas, dijo Mourinho.

Coentrao es el lateral izquierdo que costó 30 millones de euros y que jugó en la derecha frente al Barça, decisión que invitó a la polémica. Tras la reubicación de Sergio Ramos como central, Arbeloa ha sido el titular durante la mayor parte de la temporada, pero frente al Málaga fue sustituido en el descanso. Mourinho dijo que todos merecían ser sustituidos. La realidad es que ha señalado a algunos con el dedo: Arbeloa, un futbolista competitivo y sólido que rara vez ha fallado en el Madrid, estará hoy en la grada.

Lo más probable es que utilice a Lass. Ha funcionado bien en la derecha, aunque no es su posición natural. Mourinho no lo dice públicamente -ahora es entrenador y manager general-, pero emite señales cada vez más agudas: el trasiego de laterales invita a pensar que no es feliz con lo que tiene y que busca una solución en el mercado.

viernes, 6 de enero de 2012

Mourinho y las lealtades

José Mourinho tuvo razones para quejarse del juego del Real Madrid frente al Málaga en el primer tiempo, pero no para basurear a sus jugadores. Su discurso vende muy bien en la calle. Es una figura tan vieja como el fútbol. Cada época ha tenido su Míster Látigo, Sargento de Hierro y demás apodos destinados a entrenadores que utilizan los medios de comunicación para hacerse los fuertes y derivar responsabilidades hacia otros.

Sus palabras resultaron inclementes para unos jugadores que se distinguen por su profesionalidad. Si a Mourinho le corresponden los elogios por lograr ese compromiso máximo de sus futbolistas, también debería corresponderle algún reproche si ese rigor no se cumple. Lo mismo ocurre con el juego. Cuando el Madrid funciona bien, y eso ocurre a menudo, el mérito es de Mourinho. Cuando la cosa va mal, la culpa es del empedrado o de los jugadores, jamás de su entrenador. Mourinho nunca pierde.

La autocrítica no figura entre sus cualidades. El diseño del equipo inicial fue suyo. Tomó decisiones y no funcionaron. A veces ocurren estas cosas, incluso a Mourinho. Lo último que merecían los jugadores del Madrid era la andanada pública de su entrenador, de un hombre que ha obtenido de sus futbolistas la lealtad que no les devolvió ante los periodistas.

miércoles, 4 de enero de 2012

Benzema, al rescate

Una exaltada noche de Copa confirmó la naturaleza de este torneo: impredecible, emocionante, eléctrico. El Madrid salió del coma en la segunda parte y levantó un partido que se le puso muy feo, en buena medida por sus errores. Se estrelló en los saques de esquina -marcaron pronto Sergio Sánchez y Di Michelis- y apenas produjo alguna oportunidad. Pero en el banco tenía dinamita. El encuentro giró radicalmente con el ingreso de Özil, Khedira y el prodigioso Benzema.

El delantero francés se encargó personalmente de triturar a toda la defensa del Málaga, bien armada durante el primer tiempo. O poco exigida. Ni Mathijsen, ni Di Michelis, sufrieron frente a los delanteros del Madrid. En ningún momento quedó expuesta su lentitud y rigidez. Vieron el partido de frente y ahí funcionaron perfectamente. Fue un Madrid sin claridad frente a un rival sereno, cómodo, sin tensiones.

Sorprendió la falta inicial de recursos del Madrid. Había resuelto los dos últimos enfrentamientos con el Málaga con tanta autoridad -11 goles- que resultó difícil de explicar su pesadez, la ausencia de criterio y hasta de agresividad, que en última instancia es la bandera de este equipo. También sorprendió su permisiva conducta en los saques de esquina. Cada córner fue un drama para Casillas.

Cabeceó Sergio Sánchez en el primer gol y cabeceó Di Michelis en el segundo, en medio del estupor de los madridistas. Fueron tantos limpios, sin ninguna oposición, de los que se supone que no concede el Madrid. Los desajustes en esas jugadas se parecieron a los problemas que no se resolvieron hasta la segunda parte.

El Málaga pasó de puntillas por el primer tiempo. No despertó a la bestia y se llevó dos importantes goles de ventaja al vestuario. Hizo bien las cosas pequeñas: la defensa se comportó con firmeza, el equipo dejó pocos espacios y los centrocampistas movieron la pelota con cierta pulcritud, aunque sin grandes excesos.

Ninguno estuvo a la altura de Isco, que jugó con descaro y clase. Desestabilizó al Madrid desde la media punta, con su facilidad para regatear y pasar. Es un jugador muy creativo, uno de los que conviene seguir atentamente porque representa lo esencial del fútbol español. Es cierto que dio algunas señales de fatiga en el segundo tiempo, pero su cambio por Duda resultó nefasto para el Málaga.

Cazorla le acompañó a ráfagas. No funcionó con la continuidad que requería el juego, aunque dejó algunos detalles magníficos. Van Nistelrooy tampoco sacó ventaja de algunos desequilibrios defensivos en el Madrid, donde Pepe volvió a mostrar su vena intempestiva. El gigante holandés dispuso de una oportunidad, un tiro que rechazó Casillas con los pies. Fuera de eso, se le notaron los años. El público le ovacionó con cariño en el momento del cambio. El Bernabéu no olvida a algunos de sus viejos ídolos.

Un remate lejano de Cristiano Ronaldo fue la única oportunidad del Madrid en el primer tiempo, demasiado poco para un equipo que acostumbra a avasallar a los adversarios. Xabi Alonso no encontró el ritmo de pase, Lass se enredó en el medio campo y Kaká dejó al público tan frío como la noche. Callejón alborotó y poco más. El equipo necesitaba revitalizarse.

Mourinho dio señales de su fastidio con los cambios. Tras el descanso ingresaron Benzema, Özil y Khedira. Desaparecieron Arbeloa, Callejón y Kaká. El principal damnificado fue el mediapunta brasileño. Para eso es estrella. La decisión tenía miga, porque cualquier contratiempo -una lesión inesperada, una inoportuna expulsión…- podía dejar al Madrid en una situación más que grave. Pero los nuevos funcionaron. Todos mejoraron a los sustituidos.

El partido se fue cargando de la electricidad que necesitaba el Real Madrid. Las llegadas se volvieron más frecuentes, como los remates y la sensación de que el gol era inminente. Comenzaron a verse las costuras de los centrales del Málaga, que tenían que acudir a tapar en los costados o a medir su escasa velocidad con los supersónicos delanteros del Madrid. El giro era evidente.

Después de un par de avisos, el Madrid anotó su primer gol. Lo marcó Khedira, cosa rara porque el alemán no se prodiga en esta faceta. Lo hizo a su manera, con una poderosa arrancada que no fue interrumpida por los blandos defensas del Málaga. La definición fue muy buena, un tiro duro y cruzado que no logró rechazar Willy Caballero.

El gol multiplicó la efervescente actitud del Madrid y conmocionó al Málaga. A Sergio Sánchez, desde luego. Entregó el segundo tanto a Higuaín con una ingenuidad pasmosa. El delantero se adelantó al portero, le regateó y colocó la pelota en la red. Y no era fácil. Pero el error de Sergio Sánchez fue clamoroso, especialmente porque sucedió un minuto después del primer tanto del Madrid.

A esas alturas, el Madrid tenía algo de tsunami. El encuentro tenía ese aire indescriptible de la Copa, con el público entregado a la causa después de su desafecto en el primer tiempo. Buena parte del cambio se debió a la exhibición de Benzema. Bordó su actuación con el tercer gol, el que dio la ventaja definitiva al Madrid. Sin embargo, ese gol, por importante que sea en la eliminatoria, no dice ni la mitad de lo que significó Benzema en el encuentro. Fue el rey de la noche.

martes, 3 de enero de 2012

Doble lectura con Callejón

Mourinho está encantado con Callejón y lo señala como ejemplo a los chicos de la cantera. Tiene razón en lo de ejemplar. Callejón ha mejorado peldaño a peldaño su situación en la escala del equipo. Después de aprovechar sus oportunidades con energía y goles -nueve en el poco tiempo del que ha dispuesto-, tiene derecho a reclamar la atención del entrenador. Su caso ilustra el beneficio del trabajo bien hecho y la ausencia de complejos. El Madrid no asusta a Callejón. Por ahí se empieza.

Sin embargo, el caso Callejón no es ejemplar para el club. Con 24 años -cumple 25 en febrero-, no se trata de un novato que asciende desde el Castilla y encuentra las oportunidades necesarias en el Madrid. Callejón remite a la legión de jugadores que han demostrado fuera lo que no se les permitía en el Madrid. Unos -De la Red, Arbeloa, Granero y ahora Callejón- tuvieron la oportunidad de volver años después, otros se hicieron figuras en otros equipos y no regresaron -Mata, Negredo y Borja Valero- y alguno llegó a la selección, volvió y fue desechado: Soldado.

Todos son o han sido Callejón. Han seguido un tortuoso camino para acreditar unas brillantes carreras en Primera división. No tuvieron las oportunidades, y especialmente la confianza, para sentir que el Madrid tenía un proyecto para ellos. Para la cantera. En eso, el Madrid es menos ejemplar que Callejón.

sábado, 20 de agosto de 2011

Florentino y Mourinho, una cuestión de autoridad

La penosa actitud del Real Madrid, coronada por Mourinho con una agresión de niñato consentido, enterró su notable partido en el Camp Nou, un compendio de todas las cosas que el equipo debió hacer y no hizo la temporada pasada.

Como sucedió en el primer encuentro de la Supercopa, fue Mourinho el primero que evitó el enfoque correcto de los acontecimientos. Si después del duelo del Bernabéu interpretó el papel de indignado con el árbitro para no acudir a la conferencia de prensa y sentirse agraviado por enésima vez, en el Camp Nou derivó hacia el narcisista papel que tanto le gusta.

Se convirtió en el centro de un espectáculo lamentable, con el comportamiento impropio de un hombre que en la sala de prensa declaró que el fútbol es un asunto de hombres. No fue su caso. Se comportó como los chiquillos malcriados, incapaces de tolerar las derrotas.

Su sainete vuelve a explicar la falta de generosidad de Mou con su equipo. Lejos de conceder al Madrid la satisfacción del trabajo bien hecho -la victoria del Barça en la Supercopa se debe esencialmente a la portentosa contribución de Messi-, Mourinho aleja la mirada de lo fundamental -el juego de su equipo- para situarla sobre los aspectos más desagradables y más nocivos para el club. A estas alturas, el Madrid camina del mito que construyó Di Stéfano -el de las cinco Copas de Europa y un respeto casi religioso en el mundo del fútbol- a la pésima reputación de los equipos pandilleros.

El club, el madridismo en general, debe reflexionar sobre el camino a seguir. Nunca ha dispuesto de una plantilla mejor, de tantos y tan buenos jugadores, todos en la cima de sus carreras. Se dice que nunca ha estado tan cerca de este Barça imperial, y posiblemente sea cierto, aunque también es verdad que a Mourinho no le contrataron para acercarse, sino para acabar pronto y radicalmente con la hegemonía azulgrana. Hasta ahora no lo ha logrado.

Si el Madrid pretende superar al Barça, nada le resultará más pernicioso que abandonar el fútbol por la bronca, la confianza por el estrés, la seguridad por el victimismo, el honor por el descrédito, alimentado en el Camp Nou por su incomparecencia en la entrega del trofeo al campeón, una decisión que ataca los valores que durante décadas se identificaron con el club. Ya no.

Un año ha bastado para transformar al club más popular del planeta en una institución achicada, hipertensa, proclive a los enfrentamientos, acaudillada por un entrenador que ejerce de presidente de facto y que ha sometido al Madrid a su fanática naturaleza.

En algún lugar de José Mourinho habita el magnífico entrenador que es, el que debería prevalecer y el que tendría más oportunidades de triunfar en el Madrid, y no esta versión descarriada que tiene la triste virtud de empañar sus cualidades como técnico.

Por muy astuto que parezca, hay algo de infantil y autodestructivo en su apetito por el éxito. Lo quiere a toda costa, sin reparar en medios y con un sectarismo que sólo invita a la crispación. Es lo que transmite su equipo, condenado a una tensión exagerada, con la mayoría de los jugadores fuera de los límites que han caracterizado su personalidad.

El resultado es un Madrid instalado en una tensión insana, cotidiana, desgastante para el club y sus aficionados. También para el equipo. No hay manera de alcanzar el funcionamiento perfecto en un clima tan agitado.

Mientras el envanecido personaje devora al entrenador que lleva dentro, Mourinho cada vez resulta más ingobernable. Es curioso como un hombre que reclama tanta autoridad se niega a aceptar cualquier clase de autoridad que ponga límites a sus excesos.

Pues bien, Mourinho necesita límites, alguien que le diga lo que significan el Madrid y su historia, que detenga su insensata escalada de conflictos, que le impida coronarse como un déspota y que obtenga lo mejor de él como entrenador y no como un histrión repelente. Ese hombre no es otro que el presidente Florentino Pérez, cuya posición como dirigente se mide en momentos como éste, cuando el Real Madrid no figura en las portadas de los periódicos por su excelencia, sino por los desdichados episodios protagonizados por su entrenador.

Los últimos tiempos han dado la impresión de un presidente que ha hecho una considerable dejación de poder, espacio inmediatamente ocupado por Mourinho, ahora mánager plenipotenciario, portavoz del club y diseñador de la política del Real Madrid.

Si el poder de Mourinho es tan inmenso que impide cualquier margen de maniobra a Florentino Pérez, la posición del presidente será tan precaria que no habrá forma de impedir episodios tan infames como los del Camp Nou. Eso sólo abundaría en la debilidad del presidente, en el descrédito de la institución y en el delirante proceso que ha emprendido un entrenador que no reconoce ningún límite a su ego.

viernes, 25 de marzo de 2011

Maneras de vivir

Una idea muy extendida, casi atávica, en el fútbol es la del placer demorado, según un principio religioso que conecta el disfrute con la penalización. Catolicismo y hedonismo se han llevado francamente mal desde que se decretó que vivimos en un valle de lágrimas. Por lo visto, la recompensa sólo se obtiene a través del sacrificio y el rechazo a los placeres terrenales. Se posterga la felicidad -o la infelicidad eterna- para el juicio final, donde se observará el duro trayecto de la vida y se decidirá si ha sido un éxito o un fracaso.

Esta idea lleva arraigada en el fútbol desde el origen del juego, al menos en España, donde existe un temor irremediable a las consecuencias de la felicidad. Parece mentira en un país tan marcadamente mediterráneo, tan proclive a los pequeños y grandes excesos de la vida. Claro que también es el país de la contrarreforma, de la Inquisición y Torquemada, de la beatería y el pecado carnal.

El fútbol español siempre temió liberarse de la palabrería que lo definió: coraje, lucha, sacrificio y furia. Los jugadores tenían que ser mitad monjes, mitad soldados, y no permitirse excesos estilísticos, ni la alegría cotidiana asociada a la autoestima, ni caer en la tentación de ver el fútbol como un juego, con todo lo que eso significa de hedonismo. Abandonarse al fútbol como placer significaba la derrota, el castigo o la maldición.

Algo, o mucho, ha cambiado en los últimos años. Los éxitos de la selección no son los de un equipo que vive el fútbol como un ejercicio flagelante. Al contrario, vive su particular estilo -heterodoxo donde los haya en el panorama actual- con entusiasmo. Ha sido un equipo feliz y ha disfrutado defendiendo un modelo radicalmente contrario al que definió al fútbol español históricamente.

Estas dos posiciones también se advierten en la Liga. Sorprende el estrés que vive el Madrid en una temporada digna de elogio. Parece como si el club temiera disfrutar del largo trayecto que va de septiembre a junio, como si el fútbol fuera a castigar cualquier concesión a la dicha. No hay una invocación al entusiasmo. Se habla más de tensiones, contubernios y sospechas, de una especie de fuerza del mal que opera contra el Madrid. No es precisamente un escenario para la satisfacción. Se trata de un territorio de combate y sacrificio.

Es una pena, porque el Madrid ha hecho méritos para disfrutar de su temporada. Se encuentra en disposición de atacar los tres títulos, dispone de extraordinarios jugadores, ha ofrecido una considerable cantidad de buenos partidos y de ninguna manera es víctima de una conspiración universal. Sin embargo, prefiere evitarse cualquier tentación al placer, no vaya a ser que eso le penalice en el veredicto final. Es una manera de vivir. El Barça parece que tiene otra. Es verdad que ha ganado mucho en los dos últimos años, aunque quizá lo ha conseguido porque ha dado la impresión de sentirse feliz durante el recorrido, en lugar de asumirlo como una carga. No ha demorado el placer. Este Barça lo pasa bien y no teme que el destino le castigue.